lunes, 6 de mayo de 2013

No. 6 Beyond Capítulo 3 Parte 1



Es poco, pero es mejor que nada. No creo que tarde mucho en poner algo más. 


Capítulo 3
Shion’s Days

Estaba lloviendo. Una llovizna – casi niebla. Pero lluvia era lluvia, y empapaba las calles por la noche y a la gente que no tenía paraguas.

Antes de entrar en su casa, Sion se pasó los dedos por el pelo. Gotas de agua caían de su brillante pelo blanco. Se había mojado más de lo que creía. El frío aire nocturno de principio de primavera se acercaba a sus pies. Acabaría por resfriarse si no entraba pronto en calor.

Sion sabía que lo cogería, pero permaneció frente a la puerta, incapaz de moverse. Tenía frío. Tenía el ánimo por los suelos. No estaba seguro de querer mirar a Karan a la cara.

La puerta trasera de su casa era de madera. La pintura se estaba desconchando en varios sitios y mostraba señales claras de su edad. Sion había sugerido cambiarla un par de veces. Pero Karan siempre había negado con la cabeza.

“Esta está bien. Es robusta y fuerte. Y además, ¿no te parece que tiene un encanto especial? Creo que es mucho mejor que esas brillantes puertas de metal.”

A su madre le preocupaba el coste. Pero era posible que no le preocupase el tema de la renovación; quizá le tenía cierto apego a esa puerta de madera desgastada. Sion lo había entendido y no había vuelto a sacar el tema de cambiar la puerta.

En cierto modo su madre tenía razón. Aquella puerta de roble macizo emitía un aura que n ose podía encontrar en las puertas de acero de colores brillantes. El picaporte redondo también estaba fijado en su sitio.

La puerta no había cambiado lo más mínimo desde que Sion y Karan se habián mudado a Lost Town y se habían ido de Cronos (o, para ser más exactos, desde que les habían exiliado y no les habían dado más opción que vivir en Lost Town, pero ni Sion ni Karan le tenían ningún apego a esos días). De hecho, la casa en sí no había cambiado mucho.

Ya hacía algo más de un año desde la destrucción de la ciudad estado de No. 6. La confusión seguía presente y todos, antiguos residentes de No. 6 y no residentes por igual, intentaban adaptarse a aquella situación nueva en la que no había murallas.

Los términos “de dentro” y “de fuera” (de la muralla) habían hecho mella, y los unos consideraban a los otros como extranjeros que hablaban otro idioma. Los de dentro se habían dado cuenta de que habían estado bajo un control rígido sin saberlo, y apreciaban que se les hubiese liberado de vivir en una sociedad vigilada. Pero al mismo tiempo, no querían que nada interrumpiese su estilo de vida. Los de fuera, criticaban duramente los crímenes que había cometido No. 6, que había prosperado a base de ser un parásito. Pedían una distribución de la riqueza equivalente y una compensación por el abuso al que se habían visto sometidos.

Actualmente, con el Comité de Reestructuración como núcleo, No. 6 (claro está, había gente que pedía un nuevo nombre para la ciudad, pero no sobraba el tiempo para pararse a considerar nombres. También estaba el tema de la relación entre las ciudades; por conveniencia, No. 6 seguía llamándose No. 6) buscaba restaurar la paz y el orden; para establecer unos cuerpos legislativos, de gobierno y judiciales; y asegurarse un sustento.

De  momento, seguirían usando las instituciones gubernamentales de No. 6. Designarían al Bloque Oeste como un ala especial, y se encargarían de establecer todos los sistemas básicos necesarios para vivir. Constituirían una policía temporal para disolver el ejército y mantener la paz.

El Comité de Reestructuración lo componían doce miembros – exciudadanos de No. 6 y antiguos representantes de cada uno de los Bloques. Bajo el Comité había doce subcomités, con un miembro del Comité a la cabeza de cada uno. Sion era uno de los miembros más jóvenes del Comité.

Todo había cambiado durante el año anterior. Como una ola, como las aguas torrenciales de unos rápidos, como una avalancha, todo había sido absorbido en una espiral, hecho pedazos y retorcido. Y las cosas no harían más que ponerse más duras en el futuro.

Sion exhaló y miro la puerta, el pomo de latón desgastado y la pequeña ventana que dejaba salir una luz tenue.

Pero había cosas que no cambiaban. Daba igual el camino que escogiese la humanidad, siempre había cosas que no cambiaban, dentro y fuera de las personas.

Sion, quiero que sigas siendo tal y como eres.

El murmulló de Nezumi revivió en su interior.

Lucha. Lucha contigo mismo.

No era una orden ni un mandato. Era una súplica.

Nezumi le había suplicado a Sion cuando había dicho esas palabras. Sion, no cambies nunca.

¿Podría responder a los sentimientos que Nezumi había dejado al descubierto ante mí?

Sion cerró los ojos. Visualizó el bazar. Lo habían restaurado y había pasado a ser un mercado libre, y ahora ofrecía muchas opciones y abundancia de productos frescos, algo inimaginable en el pasado. Karan compraba allí a menudo.

“Es de un veinte a un treinta por ciento más barato que las tiendas de la ciudad. Puede que no sea los más atractivos a la vista, pero no se encuentran productos que sepan tan bien en otra parte.” Justamente el día anterior, también, se había reído mientras sacaba las manzanas deformes y los pepinos retorcidos.

Pero ella no lo sabe – la Caza tuvo lugar en ese mercado. El ejército de No. 6 disparó sin piedad a aquella gente – les metió un tiro entre ceja y ceja o en el pecho – sin siquiera parpadear.

El aire había estado cargado de desesperación, miedo y los gritos llenos de angustia de la gente; el hedor de la sangre lo cubría todo al haber cadáveres tirados por todas partes. Un brazo que sobresalía de una pila de escombros; un tanque del ejército que aplastaba una pierna al pasar; las botas de los soldados que pisaban a aquellos que seguían con vida y suplicaban que les ayudasen. Y aquello no había sido más que la primera entrega del infierno que Sion había visto después.

Mi madre eso no lo sabe. Y se alegraba de ello. Cuando cerraba los ojos, podía recordar todo lo que había visto aquel día, con el mismo realismo que el día que lo había vivido. Nunca sería capaz de olvidar las caras de la gente que habían metido en aquel camión; los ojos del hombre que le había suplicado a Sion que acabase con su sufrimiento; la pila de cuerpos y el olor a muerte del que se había impregnado; las paredes del Correccional ardiendo; el humo negro que había salido de No. 6. No podría olvidarlo. Aquellas imágenes se le habían quedado grabadas de por vida, no desaparecerían nunca.

Y el hecho de que había apretado el gatillo. El hecho de que había matado voluntariamente, no por accidente, a otro hombre

Sion abrió los ojos y miró al cielo. No podía ver la luna o las estrellas, por supuesto. Una gota se deslizó por su mejilla. Tocó sus labios y continuó bajando por su rostro.

Ah, estoy vivo. La realización de que estaba vivo le golpeó de repente. Lo estaba sintiendo en aquel momento, estaba vivo. Aquella realidad tan aplastante estuvo a punto de ahogarle. Tenía ganas de gritar.

Estoy vivo. Estoy vivo. Estoy vivo. Estoy vivo. Estoy vivo.

Nezumi, estoy vivo, le dijo al cielo oscuro, vacío de luz. Estoy vivo y estoy esperándote. En aquel infierno, me atraían tus ojos, tus palabras, tus gestos, tus pensamientos – y me sirvieron de apoyo. Gracias a eso, fui capaz de sobrevivir. Y, ahora mismo, estoy vivo.

¿Puedes oírme, Nezumi? Estoy vivo.

Un perro ladró con fuerza. El ruido venía de dentro de la casa.

¿Qué? ¿Un perro? ¿Será-?

La mente de Sion volvió al presente. Su corazón latía con fuerza. Abrió la puerta. Le recibieron unos ladridos. Eran unos ladridos de alegría y afecto, no agresivos o aprehensivos. Un perro con el pelaje a manchas le saltó encima a Sion mientras ladraba. Movía la cola con fuerza mientras restregaba el hocico contra el muslo de Sion. En sus ojos negros se podía aprecias más alegría que en su voz.

“Los perros caen rendidos a tus pies, como siempre, ¿eh?”

“¡Inukashi! ¡Rikiga-san!”

Rikiga hizo una mueca exagerada desde el sofá en el que estaba sentado. “Hey, Sion. Un poco maleducado por tu parte darte cuenta de que estaba el chico perro antes de que estaba yo, ¿no crees? Lo suyo sería gritar ‘¡Oh, Rikiga-san!’ y saltarme encima como ha hecho el perro. Y entonces tendrías que decir, ‘Oh, Inukashi. Tú también estás aquí,’ como comentario.”

“¡Hah!” Inukashi enseñó los dientes y se echó a reír. “¿Maleducado? ¿Y a quién le importa? Contigo y conmigo no hacen falta los modales, viejo. Igual que mis perros no necesitarían un abrigo. ¿Para qué sirven los modales? Te puedo asegurar que no van a llenarme el estómago.”

“Cállate,” espetó Rikiga. “No me metas en el mismo grupo que tú. Prácticamente eres medio animal. Yo soy un hombre hecho y derecho, además de un caballero.”

“¿Caballero? Wow, no sabía que ‘caballero’ hacía referencia a tíos que no pueden vivir sin dinero, mujeres y alcohol. Bueno, acabo de aprender algo nuevo. ¿Hace cuánto que han cambiado tanto los significados? ¿En qué se ha convertido el mundo?” Inukashi suspiró larga y tristemente.

Sion empezó a reírse a carcajadas. Hacía mucho desde la última vez que había visto discutir así a Rikiga y a Inukashi. Era la primera vez desde hacía mucho tiempo que se reía de todo corazón.

“No habéis cambiado en absoluto.”

“Tiene los aires muy subidos para ser un perro,” refunfuñó Rikiga. “Tiene preparada una queja para todo lo que hago.”

“Y tú eres muy simple para ser un humano, viejo. Pierdes los papeles cada vez que digo algo. Un perro es mucho más inteligente. Pero bueno, los perros son diez veces mejores que las personas en temas de cabeza y de corazón. Es más, creo que estás más cerca de ser un mono que una persona, viejo.”

“Sí, tienes razón,” dijo Rikiga cabreado. “Soy un mono. Me pone enfermo ver a un perro.  Cada vez que veo uno, me entran ganas de desgarrarlo a mordiscos. ¡Raaaw!” Rikiga levantó los brazos y se lanzó contra Inukashi. Inukashi se echó a reír burlonamente esquivaba a Rikiga ágilmente y quedaba fuera de su alcance.

“Vaya, veo que estamos llenos de energía.” Entró Karan. Rikiga se quedó quieto en el sitio. Se aclaró la garganta y se sentó en una silla. Sacudió el polvo imaginario de su chaqueta con suavidad del chaleco de su traje de tres piezas y le sonrió amigablemente.

“Pero no hagáis mucho ruido, por favor.” Karan meció suavemente al bebé que tenía en brazos. Parecía que estaba dormido.

“¡Shionn!”

“Shh, Sion, no hagas tanto ruido. Que se acaba de quedar durmiendo. Aunque ahora es un poco confuso, ¿no?

Shionn respiraba con tranquilidad, envuelto en una mantita vieja tan desgastada que era imposible decir de qué color había sido. Sus largas pestañas lanzaban sombras sobre su cara, y tenía los labios ligeramente abierto. Si la felicidad tuviese forma física, sería aquella carita dormida. Traía felicidad a todos los que la veían.

“Parece que ha crecido desde la última vez que le vi,” comentó Rikiga.

“Porque ha crecido,” dijo Inukashi. “Ya es lo suficientemente grande como para corretear y jugar con los perros. Dentro de poco será capaz de repelar huesos.” Inukashi sonrió y depositó un suave beso en la frente de Shionn.

“Se te da muy bien criar niños, Inukashi,” Karan sonrió. “He visto muchos bebés a lo largo de mi vida, pero creo que es la primera vez que veo a un bebé parecer tan feliz mientras duerme.”

“¿En serio piensas eso, Karan?

“Pues claro. Confía en ti desde el fondo de su corazón, y tú estás ahí para él, honrando esa confianza. Sois una familia admirable”

Un leve sonrojo apareció en las morenas mejillas de Inukashi.

“Cuando el perro volvió a casa cargando a Shionn, me cabreé bastante, todo sea dicho,” confesó. “Pensé en abandonarle, fingir que nunca le había visto. Los bebés no son más que una carga. Realmente odié a Sion por dejarme aquella carga.”

“-lo siento. Sabía que era algo irresponsable, pero… no tenía otra opción que dejártelo a ti. Sabía que podía confiártelo.”

Los ojos negros de Inukashi se fijaron en Sion.

“Sion, ¿eso quiere decir…?”

“¿Hm?”

“¿Quiere decir que confiaste en mí?”

“Sí.” Asintió. No era por quedar bien ni una mentira. En el caos de la Caza, cuando había cogido aquel bebé de los brazos de su madre, la única persona que se le había pasado por la mente a Sion había sido Inukashi. Inukashi había sido la única opción en la que había pensado.

Inukashi se encargará. Protegerá esta pequeña vida a toda costa. Inukashi lo hará. Eso era lo que había pensado.

Inukashi sonrió. Levantó el dedo y lo giró.

“Confiaste en mí, y no traicioné esa confianza. Es lo que estás diciendo, ¿verdad?”

“Sí. Creo que sí.” Seguro que Nezumi pensaba igual. Confiaba en ti, así que lo dejó todo a tu cargo. Sion tragó saliva antes aquellas palabras que no dijo en voz alta y cerró la boca. No sabía por qué, pero no quería pronunciar el nombre de Nezumi en aquel momento.

“Hey, espera un momento Sion. No estarás diciendo que confiabas más en el chico perro ante que en mí, ¿no?”

“Ah, no – no es eso lo que… lo que pasa es que no te asocié con bebés, eso es todo, Rikiga-san.”

“Pues claro que no,” interrumpió Inukashi. “Porque si le hubieses dejado a cargo del viejo este, no habría tardado ni un día en vender al pobre bebé. Los bebés vivos se compran a buen precio, ya lo sabes.”

“¿Qué? ¿Estás diciendo que la gente pone bebés a la venta?” La sangré abandonó el rostro de Karan. Rikiga negó con rapidez las palabras que había dicho Inukashi.

“N-n-no, no, Karan, nada de eso. Nunca haría una cosa así. Sólo era una broma sin gracia. Este siempre hace bromas de mal gusto. Puedes imaginarte los dolores de cabeza que me da. No deberías tomarle en serio.”

“Tienes razón…” dijo Karan sin estar segura del todo. “Nunca comprarías o venderías bebés. Es absurdo, ¿verdad?”
                                               
“Completamente.” Rikiga sacó pecho. “Karan, hay algo que quiero que sepas: llevaba muchos negocios en el antiguo Bloque Oeste. Entre ellos había algunos que no eran – ah, no eran bonitos. Para nada bonitos. Y eso es un hecho.”

Inukashi se inclinó hacia delante. “¿No deberías decir ‘la mayoría’? Creo que el de la revista porno era el negocio más decente que tenías.”

“¡Cállate!” espetó Rikiga. ¿Por qué no te pierdes un rato y te vas a roer un hueso de pollo o algo? Karan, escúchame,” imploró. “Nunca me atrevería a usar niños o bebés. Nunca utilizaría a esos pequeños para ganarme el pan diario. Es la verdad. Créeme, por favor.”

“Por supuesto que te creo,” dijo Karan. “No puedo imaginarte viendo a los jóvenes como objetivos para tu propio beneficio.”

“Karan.” Rikiga se sonrojó y se acercó a Karan. “Gracias. Siento como si tu confianza en mí fuese todo el apoyo que necesito.”

“Oh, Rikiga.” Karan se alejó medio paso antes de sonreír con tranquilidad. “No te recordaba como alguien que pudiese decir una frase tan teatral como esa. Decías las verdades a la cara, escogiendo con cuidado las palabras.”

Inukashi silbó.

“Je je, Karan tiene razón. ‘Tu confianza es todo el apoyo que necesito’ mis narices. Esa frase ya no se ve ni en las novelas cutres de hoy en día.”

“Tú no has leído un libro en tu vida con ese cerebro de perro que tienes. Nadie te ha pedido tu opinión,” dijo Rikiga con amargura.

“Mi cerebro es mucho mejor que el tuyo. No lo tengo nadando el alcohol.”

“¿Qué has dicho?” dijo Rikiga en tono amenazador.

“¿Qué? ¿Tienes algún problema?” contestó Inukashi.

Se fulminaron con la mirada el uno al otro.

“Parad los dos,” dijo Karan exasperadamente. “Sion, no te quedes ahí riéndote.”

Karan se agachó tras el sofá y dejó a Shionn con suavidad en una cuna. Dicha cuna era una cuna simple hecha de mimbre sin ningún adorno, pero aquella simplicidad y la forma redondeada que tenía era lo que la hacían bonita. Parecía bastante vieja, pero no tenía ningún desperfecto.

Una pequeña placa dorada colgaba de uno de los lados.

Para Sion, mi querido hijo.

Aquella frase estaba grabada en ella.

“¿Hm? Mamá, ¿es-?”

La mano de Karan mecía la cuna con suavidad. “Sí. Era la que usaba cuando eras un bebé. Lo más seguro es que no te acuerdes.”

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