viernes, 11 de enero de 2013

No. 6 Beyond Capítulo 2 Parte 1

Bue, con algo de retraso, pero es lo que hay xD




Capítulo 2
Una canción del pasado

Nezumi levantó la cara. Tenía el ceño ligeramente fruncido.

“¿Qué? ¿Qué acabas de decir, Sion?”

“He dicho que quiero ir.”

Sion dio un sorbo a su taza de agua caliente. El poco azúcar que tenía mezclado le daba un punto dulce. El azúcar era considerado un artículo de lujo en el Bloque Oeste. Hacía mucho tiempo que Sion no había tomado agua que supiese a algo.

“He dicho que quiero ir a verte actuar.”

“¿Por qué?”

“Bueno… por nada en particular. Simplemente quiero ir.”

Nezumi bajó la cara y cerró el libro que estaba leyendo con un golpe seco.

“Eso no es una respuesta. Si estás buscando algo para matar el tiempo, considera otras opciones.”

“No tengo tiempo libre para matar. Tengo que ir a lavar los perros por lo menos dos veces por semana, y le he prometido a Kalan y a los demás que les leeré unos libros. También he empezado a trabajar a tiempo parcial para Rikiga-san. De hecho, estoy a punto de irme.”

“¿Trabajar a tiempo parcial? ¿Para el viejo? Espero que no sea haciendo algo tan sumamente respetable como hacer fotos a mujeres desnudas.”

“No, me encargo de los recados y de algunas cosas más. Ordenar recibos, limpiar la oficina y cosas así. La verdad es que Rikiga-san tiene mucha variedad de negocios. No tenía ni idea.”

“Bueno, me apuesto a que a mis ratones le salen alas antes de que ese viejo empiece a manejar negocios decentes. ¡Ja! Más te vale tener cuidado Sion. Quien sabe cuando va a aparecer alguna mujer y se te va a tirar encima con un cuchillo como le pasó a Rikiga.”

“No creo que vuelva a pasar algo de eso,” dijo Sion escépticamente. “Rikiga-san lleva un tiempo diciendo que ya ha tenido suficientes mujeres.”

“Pura palabrería. Adora a las mujeres. Lo lleva en la sangre. No puede vivir sin ellas. Si le dieses a elegir entre el alcohol y las mujeres, probablemente escogería el alcohol después de pensárselo mucho.”

“No endulzas lo que dices, ¿eh?”

“Al contrario que tú, no voy sobrado de amabilidad.”

Nezumi se levantó. Un pequeño ratón marrón se subió a su hombro como si hubiese estado esperando. Era Cravat, ratón al que Sion había puesto ese nombre por el color de su pelo.

“¿Es algo malo ser amable con todo el mundo?”  Las palabras de Sion se endurecieron. Algo temblaba en su pecho. Y ese temblor hacía que le costase respirar. Aquel era un sentimiento que nunca habría conocido de haberse quedado en No. 6. Diversas emociones se retorcían en su interior. Formaban patrón tras patrón, como un caleidoscopio.

A Sion le había sorprendido el tamaño de sus emociones, y la agitación de las mismas, desde que había empezado a vivir en el Bloque Oeste. Su corazón se estaba deshaciendo de su capa exterior. Su alma estaba renaciendo al escapar de la capa rígida y tensa que la envolvía.

Nezumi dejó el libro en la estantería y cogió su capa.

“Palabras amables que no hieren a nadie - ¿qué significado tienen?” Nezumi se envolvió la prenda de superfibra por los hombros y se puso los guantes. “Todo lo que sale por tu boca es amable e indiferente. Igual que el piar de los pájaros o el zumbido de los insectos. Es bonito, pero no se queda grabado en ninguna parte. Ni siquiera en ti mismo.”

“Nezumi-”

“Sion, no eres amable. Lo que pasa es que no quieres hacerte daño. Por eso quitas las espinas a todo lo que dices. Sin ningún sentido de la responsabilidad, escupes palabras que ni duelen ni hacen bien. Admítelo – tengo razón.”

Sion no podía negarlo del todo. No podía cabrearse ni quejarse de que Nezumi le estaba insultando. Las palabras de Nezumi estaban llenas de espinas. Si Sion no tenía cuidado al tocarlas, éstas se clavarían en sus dedos, haciéndolos sangrar. Quizás, al compararlas, sus palabras si que fuesen indiferentes.

Sion no pensaba que evitar herir a alguien fuese algo malo. Si pensaba que aquella amabilidad fuese inútil.  También sabía que Nezumi no estaba criticando su amabilidad.

Palabras amables que no herían a nadie y palabras que no cargaban con el peso de sus consecuencias… No. 6 estaba repleta de ellas.

Que pena. Alguien debería hacer algo al respecto.

Que desgracia. Lo siento de todo corazón.

Nos esforzaremos al máximo. Nos dejaremos la piel.

Tenéis que llevaros bien con todo el mundo.

En un ambiente como aquel, inconscientemente se había olvidado del significado y del peso de sus palabras. Pero la amabilidad, preocupación, promesas y amor superficiales no tenían ningún valor. No eran más que algo repulsivo. Sion ya se había dado cuenta sin necesidad alguna de que Nezumi se lo dijese. Lo sabía, pero deseaba poder fingir que no.

Nezumi había visto lo que había en las profundidades del corazón de Sion. Y el resultado de la irritación producida por la amabilidad y humildad artificiales de Sion había sido aquellas palabras llenas de espinas. Sion sabía que merecía pincharse con ellas. Pero –

“Siempre voy en serio cuando hablo contigo.”

Nezumi se giró.

“¿Hm? ¿Qué has dicho?”

“No…” Si se liaba con su respuesta, era probable que Nezumi se irritase aún más. Pero Sion tenía la sensación que le pesaba la lengua, de ésta que se negaba a moverse.

Estoy aquí, frente a ti, y voy en serio. Aquellas palabras pesaban – pesaban tanto que a Sion se le hacía difícil el pronunciarlas.

Cravat, que estaba subido en el hombro de Nezumi, empezó a hacer ruiditos.

¡Chit, chit! ¡Cheep, cheep, cheep!

“Mierda, llego tarde.” Dijo Nezumi con un tono de voz calmado. No quedaba ni rastro de la irritación de hacía unos momentos.

“Hasta luego, Sion. Ya te lo he dicho antes, pero ten cuidado cuando estés trabajando en la oficina del viejo.” Con eso, Nezumi se fue. Sion se quedó solo – bueno, puede que no tan solo. Hamlet y Tsukiyo, los ratones, estaban durmiendo en su regazo.

Sion les acarició la cabeza con los dedos, y dio otro sorbo a la taza de agua caliente endulzada. Estaba buenísima. Pensó que quizá la expresión “dulce néctar” se refería a aquello.

Los días que Sion había pasado en el Bloque Oeste habían afilado rápidamente sus sentidos, y sin que él se diese cuenta: vista, oído, olfato, tacto y sabor. Cuando vivía en No. 6 podía comer tanta comida “deliciosa” como quisiese, hasta estar lleno. Había podido. Si lo deseaba, podía conseguir cualquier carne, verdura, pescado, dulces o frutas sin límite alguno. Cuando se había mudado a  Lost Town, su selección de comida había disminuido considerablemente en comparación a cuando vivía en Chronos, pero apenas había notado la diferencia.

El pan y las tartas de su madre estaban deliciosos, y no se cansaba de comerlos. Pero Sion sentía que incluso aquel sabor no penetraba tan hondo en su corazón como el sabor de aquella taza de agua caliente.

Se terminó la taza. La calidez llegó hasta sus dedos y llenó de fuerza su cuerpo.

“Bueno, hora de irse.”

Sion dejó con cuidado en la cama a Hamlet y a Tsukiyo y se levantó.

“Pero, ¿no creéis que he aprendido muchísimo desde que vine aquí? Hasta puedo ordenar recibos escritos a mano. Y dice que friego el suelo y los platos tan bien como cualquier hombre hecho y derecho. Hecho y derecho. Puedo estar orgulloso de mí mismo, ¿no?

Estoy ganándome el pan usando mi cuerpo y mi cerebro. Puedo estar orgulloso de mí mismo, sin importa que tipo de trabajo sea ni lo poco que gane. ¿Verdad?

Tsukiyo levantó la cabeza y movió las orejas, como si estuviese asintiendo.


Tch. Nezumi apretó los dientes. Inútil, reprendió mentalmente. No se refería a Sion. Estaba hablando de sí mismo. Cravat gritó con suavidad desde su capa.

¡Skreet, skreet! ¡Cheep, cheep, cheep!

“Cállate. No hace falta que me lo digas; ya lo sé. Lo que estaba haciendo era pagar mi frustración con Sion. Ya lo sé.”

A veces – aunque muy pocas – las emociones de Nezumi se volvían inestables cuando estaba cerca de Sion. Perdía el control y decía todo lo que pensaba tal cual. Chocaban, haciendo saltar chispas. Nezumi nunca había tenido intención de condenar a Sion. Sabía que el mismo no era lo suficientemente justo o fuerte como para tener derecho a hacerlo. Pero dudaba cuando estaba con Sion.

Su corazón, que quería odiar y rechazar todo lo que tenía que ver con No. 6, dudaba.

No. 6. La ciudad estado más detestable que existía sobre la faz de la tierra. No era ninguna utopía ni ninguna ciudad sagrada. Aquellos nombres no eran más que una farsa. En cuanto hiciese una grieta en aquella fina capa, el monstruo revelaría su verdadero aspecto.

Un monstruo que devoraba a las personas.

No dudaba a la hora de destruir lo que tenía alrededor ni de masacras tribus enteras si significaba prosperidad para sí misma. Saqueaba, lo absorbía todo y dominaba.

Algún día, acabaré con ella. Para Nezumi, No. 6 era un oponente que tenía que derrotar con sus propias manos, una existencia que tenía que desaparecer del mundo.

Pero dentro de ese monstruo tan grotesco vivía un chico como Sion. Sion había acogido a un intruso, un VC – término que se usaba en No. 6 para designar a los convictos violentos – en su casa, había curado sus heridas, le había dado de comer y un sitio en el que dormir, y había terminado perdiendo su estatus de élite por ello. Sion lo había perdido todo, y aun así se lo había confesado a Nezumi.

Da igual las veces que vuelva a aquella noche, volvería a hacer lo mismo. Abriría la ventana y te esperaría.

Eran unas palabras claras y sinceras. Palabras que le habían atravesado el corazón. Durante un instante, de lo único que había sido capaz Nezumi había sido de mirar fijamente y sin pestañear a Sion. Sion no había usado aquellas palabras a forma de demostrar una amabilidad superficial, y Nezumi estaba seguro que la gente que tenía a su alrededor era igual que él.

La madre de Sion tenía una fe inquebrantable en que su hijo volvería, y pensaba constantemente en él mientras esperaba a que volviese. Según los ratones que Nezumi había enviado como mensajeros, las magdalenas y el pan que hacía estaban buenísimos, tanto que le hacían a uno la boca agua sólo de pensar en ello. Y también estaba aquella chica con aquel amor tan firme.

Ese era el tipo de gente que Sion tenía alrededor – aquellos que se esforzaban al máximo día a día. Sus palabras eran sinceras, no eran condescendientes con los demás, y vivían dignamente. Esa gente vivía dentro de aquel monstruo.

Si no hubiese conocido a Sion, nunca habría imaginado algo así. Habría continuado despreciando a todos y cada uno de los ciudadanos de No. 6 y deseando la caída de la ciudad.

Pero le había conocido.

Y habría aprendido.

¿Puedo seguir odiando, aun sabiendo eso?

Dudaba. Perdía la compostura. Se volvía indeciso.

Nezumi se detuvo y de giró. La muralla exterior de No. 6 reflejaba la tenue luz del crepúsculo. Su brillo rojo le recordaba al fuego. Hace mucho, mucho tiempo, había visto ese color, y había dejado una huella marcada a fuego en sus recuerdos. No era ni carmesí, ni bermellón, ni rojo. Era  una mezcla de los tres – un color tan indescriptible como el caos.

Nezumi seguía viendo aquel color incluso después de haber salido del bosque y haber atravesado el mercado. Lo más probable es que no se olvidase de aquel color en la vida.

Ardía. Casas, árboles, su hermana recién nacida y su madre que la tenía en brazos. Todo ardía.

“¡Corre!” había gritado su madre mientras ardía. Su precioso cabello, su piel, su cuerpo… eran una masa de llamas. Su padre había cubierto el cuerpo de su madre con el suyo, moviendo las manos frenéticamente intentando apagar el fuego. Un soldado de No. 6 les apuntó con un lanzallamas.

Brotó más fuego.

Su padre, su madre y su hermana  desaparecieron entre las llamas, que ardían con fuerza. El shock de calor y dolor superó a Nezumi y le hizo caer al suelo.

Duele. Quema. Tengo miedo.

Quema, quema, quema, quema, quema, quema, quema.

“¡Corre!” El gritó de su padre atravesó las llamas. “¡Corre! Aunque seas el único que se-”

Entonces, todo se desmoronó. Nezumi lo había visto todo. Se suponía que lo había visto todo. Pero no se acordaba. Lo único que recodaba era el color de aquellas llamas furiosas y su rugido – el sonido de las llamas no era más que eso, el rugido de una bestia – y la espalda de una anciana.

Una anciana le llevaba cargado a la espalda mientras corría. Su espalda era huesuda, e incluso a su edad, a Nezumi le pareció muy pequeña. Pero era firme. Su espalda y sus piernas eran robustas.

La anciana corrió, atravesando las llamas, el calor que desprendían y a los soldados de No. 6. Atravesó los matorrales de un camino sin marcar y cruzó un pequeño riachuelo.

Nezumi estaba vivo gracias a aquella mujer. Había sobrevivido.

Una vez que Nezumi se había recuperado de las quemaduras lo suficiente como para moverse, la anciana empezó a hacer los preparativos para emprender un viaje.

“Tenemos que alejarnos del demonio,” murmuró la mujer como para sí misma. “Pero volveremos. Volveremos para vengarnos.”

Mientras se desplazaban de las tierras yermas a las tierras inferiores que más tarde se conocerían como el Bloque Oeste, la mujer hablaba día y noche.

Hablaba, una y otra vez, de los últimos momentos de la Gente del Bosque, de los actos inhumanos que más tarde se grabarían para siempre en los recuerdos de unos cuantos como el incidente conocido como la Masacre Mao. Sus historias continuaron aún después de haberse instalado en un sótano en el Bloque Oeste. Nezumi creció enterrado en libros, escuchando las historias de la anciana. Nunca sintió que le faltase nada. Pero la cicatriz que tenía en su espalda dolía, como si reaccionase a las historias de la anciana. La voz de su madre y los gritos de su padre resonaban en su mente. Aquello le dolía.

¡Corre!

Aunque seas el único que se-

Cada vez que lo recordaba, la cicatriz le latía con más fuerza. Era como si la cicatriz se estuviese retorciendo por eso. La mujer siempre miraba a Nezumi en silencio mientras éste aprataba los dientes y soportaba el dolor. Su mirada era fría, inexpresiva.

La anciana también estaba llegando a su límite mental. Su propio odio, desesperación y angustia amenazaban con aplastarla. Su lucha estaba muy cerca del borde de caer en la tentación de la muerte. Nezumi sentía, por instinto, no por lógica, la tormenta de emociones que se estaba formando en su interior.

Aquella noche, estaban durmiendo en las afueras del Bloque Oeste. Fue unos cuantos días de que terminasen por establecerse allí. Como era normal, habían encendido un fuego y habían dormido cerca de él. Durante un tiempo, el cuerpo de Nezumi se encogía cuando veía fuego. Ese color, ese rugido, esos gritos atravesando su cuerpo, y su cicatriz le quemaban.

Pero en cuestión de un año, su miedo había desaparecido.

El fuego era algo esencial para mantenerse caliente y para asar carne. Si seguía temiéndolo, moriría congelado. Nezumi había llegado a una conclusión.

Lo que da miedo son las personas, no el fuego.

Siempre se turnaban vigilando el fuego después de dormir unas cuantas horas.

“Duerme hasta que amanezca, cuando el cielo del este empiece a aclararse. No tienes por qué sentirte culpable. Los ancianos no necesitamos dormir mucho.”

Fue justo antes de que Nezumi se fuese a dormir. La anciana había sonreído, cosa que casi nunca hacía, mientras echaba una rama seca al fuego. Las llamas murmuraron con suavidad. Fue más como el ruido que hacían los ratones que un rugido.

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